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La Iglesia Episcopal Anglicana de El Salvador
 
Sermon - Reverendísimo Martín Barahona
Primado de IARCA y Obispo de El Salvador
 
ELSALSP 051112-2
12 de noviembre de 2005

Sábado 5 de Noviembre 2005, Santa Eucaristía, Convención Diocesana de la Diócesis de Vermont, USA

[Iglesia Episcopal Anglicana de El Salvador - Central de America] 


Textos bíblicos:
Isaías 2:1-5: El Señor reúne las naciones en la paz eterna del Reino de Dios
Efesios 2:13-18: El es nuestra paz, e hizo de los dos pueblos, judios y gentiles una misma misión.
Lucas 10:1-12: Vuestra paz descansaría sobre ellos.


He venido desde El Salvador con saludos de paz y amor para el Excelentísimo Señor Obispo Tom Ely, su distinguida esposa, Ann, los delegados clérigos y laicos de esta Convención, y otros distinguidos participantes. Mi esposa Betty y yo, en nombre de nuestra amada Iglesia de El Salvador, les saludamos; reciban un fuerte abrazo de mi pueblo salvadoreño.

Gracias por darnos la oportunidad de venir a compartir con ustedes las esperanzas de misión en estos tiempos tan difíciles; gracias por su apoyo y amor a la misión de Cristo en El Salvador.

En El Salvador 12 años de guerra entre hermanos y hermanas dejo más de cien mil muertos, más de siete mil desaparecidos, un millón de desplazados y más de dos millones de salvadoreños emigraron a todas partes del mundo, especialmente a Los Estados Unidos, con las consecuencias de destrucción familiar y otras consecuencias negativas que existen por este fenómeno. 13 años han pasado después de los acuerdos de la paz, pero hoy en día en mi país, 13 personas mueren cada día por la violencia. El Salvador es segundo en el mundo en violencia familiar. Tenemos a unos 65,000 jóvenes en las maras y solamente 35,000 miembros de la policía nacional. Siete mil jóvenes están en la cárcel. Es una imagen muy triste.

Solamente 2% del pueblo salvadoreño tiene la mayoría del poder y riqueza política y económico. Veinte por ciento pertenece a la clase media y el resto vive en la pobreza.

Los textos bíblicos que hemos leído tienen un tema central “la paz.” La paz es uno de los frutos maravillosos de la justicia; es una pregunta fácil pero tiene repuestas difíciles y algunas veces no tiene repuestas.

Justicia es un concepto central de la ética y de la filosofía del derecho, de la vida política y social y actualmente también de la teología y de la vida cristiana. La relación entre la justicia y la fe en un balance adecuado nos da la paz.

Esto es específicamente lo que los textos bíblicos nos afirman, el texto de Isaías que hemos escuchado es la redacción mas antigua sobre este tema, presenta la imagen de Jerusalén como el centro y lugar de cita escatológica de todos los pueblos como capital del mundo en donde acontece la salvación de Dios.

Extraordinaria y maravillosa imagen, representación del Reino de Dios que pondrá fin a toda guerra.

Pablo repite la misma imagen en el texto de Efesios leído. Los gentiles no podían entrar a la ciudad santa; Cristo rompió el muro y ahora ya no hay ni judío ni gentil, todos somos uno en Cristo.

Así llega la paz mesiánica basada en la reconciliación con Dios en unidad con los otros seres humanos unidos en el espíritu. Si es verdad incluso el lunes 24 de octubre recién pasado los católicos romanos y judíos celebraron los cuarenta años de la Declaración “Nostra Aetate” que significa ‘nueva era.’ Dios es padre de todos y por eso estamos unidos.

Lucas por su parte nos habla de la misión de los setenta discípulos que es el anuncio de la profecía de Dios, el saludo de paz tiene poder de curar enfermos e incluso de resucitar muertos.

Hay paz cuando hay respeto a la vida, cuando todos tienen cubiertas sus necesidades vitales.

Pero desafortunadamente vivimos en un mundo muy lejos de los ideales de la Biblia.

La semana pasado un grupo de jóvenes de 13-14 años vino en mi oficina, pidiendo los recursos y la ayuda de mi oficina de protegerse contra la influencia de las maras. Fíjense sus gritos cuando me dijeron: ¡No queremos más compasión, necesitamos la justicia! ¿Qué harían ustedes?

Lamento que el mensaje bíblico y la realidad no sean tan disímiles. Después de 12 años de guerra, con tantos muertos y desaparecidos, vivimos en un mundo de violencia.

¿Cuántos murieron inocentemente por la destrucción de las torres gemelas de Nueva York, en los ataques a los trenes en Madrid y Londres, cuanta destrucción en Afganistán e Irak; la región de Israel y Palestina en constantes ataques donde mueren incluso niños inocentes? El muro de Israel da tristeza y vergüenza. ¿Qué hacemos cuando oímos que Cristo rompió los muros que nos separan? Mis hermanos y hermanas, ¿qué tipo de mundo es? Se construye un muro entre los Estados Unidos y México. Eso también es una vergüenza y tristeza. Anoche oímos que dos terceras partes de la humanidad están en extrema pobreza.

Nosotros como episcopales y anglicanos divididos y metidos en una controversia polarizada contraria a la tradición anglicana donde por siglos hemos vivido unidos en la diversidad. Una vez dije al Obispo Desmond Tutu que lee la Biblia de una manera política. Me contestó: Se dice que la Biblia no es política; pero me habla y le contesto.

Mis hermanos y hermanas, he traído una buena noticia, la justicia y la paz únicamente nacen y viven en el corazón del ser humano y yo sé que ustedes los vermonteños son personas de un corazón que busca la justicia por eso viven la paz entre otros seres humanos, viven la paz con Dios y con ustedes mismos. Ustedes han comprendido que la paz no es solamente firmar una declaración o un documento pero es vivir en la paz y trabajar por la paz.

La justicia y la paz nace y se desarrolla en el corazón del ser humano; por eso ustedes son generosos y si hay una persona que todavía no sienta la paz en su corazón, vaya y reconcíliese con su hermano porque hoy mas que nunca necesitamos de la reconciliación, reconciliación con Dios, con nuestra familia, con nuestro entorno social, con todos. Nuestra paz será plena y completa en el Nombre de Cristo Nuestro Señor.

Que en esta Convención tengamos una experiencia de compartir la paz unos con otros, porque somos todos y todas hermanos e hermanas en un solo Cristo.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.